martes, 23 de enero de 2018

¿Vacaciones?


Una piensa en vacaciones y automáticamente viene a la mente una imagen de playa paradisíaca de aguas cristalinas, una reposera blanca, una sombrilla, y un vaso grande de algún trago caribeño con sorbete, adornado con una rodaja de naranja.

Esas son las vacaciones estereotipadas que generalmente imaginanos al pensar en el descanso después de un año ajetreado, de mucho trabajo.

Pero las vacaciones reales, en muchas ocasiones dista kilómetros de parecerse a esa foto de revista repleta de arena y sol.

Yo nunca había ido de vacaciones a ningún lado. He hecho un par de viajes cortos al interior de mi provincia, o del país, e incluso viajé a un país limítrofe. Pero mis aventuras turísticas no han pasado de ahí.

En mi familia, esa dichosa palabra "vacaciones" era prácticamente inexistente, y como mucho significaba que papá no iba a ir a trabajar durante un mes. Y en en mi adultez, que yo no iba a ir al trabajo, pudiendo quedarme en casa, patas para arriba, leyendo un libro, tomando tereré de juguito en sobre con mis amigos que no trabajaban o que también se encontraban de vacaciones.

Esta es la primera vez en mi vida que "voy de vacaciones". Y aunque automáticamente asocié la bendita palabra con "descanso", la puritita verdad es que el reposo tan ansíado no se ha hecho presente aún. Y ya llevo dos semanas vacacionando.

Para que se hagan una idea de mi problemática, paso a describirles el contexto en el que me encuentro: casa a veinte metros del río, vista a los cerros, clima agradable, brisa fresca, niño de dos años transitando el apogeo de los berrinches infantiles, cuñada que habla mucho, suegra que también habla mucho, marido tratando de detener las gigantezcas olas de bla bla de cuñada y suegra, e intentando contener los berrinches de niño...

Yo aturdida, saturada, sin saber que hacer, ni adonde escapar. (¡¡¡Help!!!)

Mi hogar, mi silencio, mi paz, mi descanso (mis vacaciones) parecen haber quedado a mil kilómetros de aquí.

He tenido que detener la escritura de estas líneas en tres oportunidades en que mi suegra y mi cuñada, han hecho turnos, relevándose entre sí, para venir a hablarme, pese a que he dejado en claro que estoy escribiendo, es decir, me he tatuado en la frente un cartel que dice NO MOLESTAR, y mis gestos corporales gritan "¡déjenme en paz!"

Como es habitual en mí, me he recluído a escribir -o al menos eso intento- para hacer catarsis y tratar de encontrarle el lado hilarante a la situación, antes de terminar con un chaleco de fuerza, y darme la cabeza contra blancas paredes acolchadas.

Así que vamos al principio. Dadas las virtudes de mi familia política, -concretamente mi suegra y mi cuñada- de las que yo acusaba sobrado conocimiento; a pesar de echarme atrás en dos oportunidades a emprender un viaje tan largo y una estadía aún más larga con personas marcadamente incompatibles con mi manera de ser; mi optimismo, y un exceso de confianza en mi capacidad de gestionar mis emociones al respecto, me llevaron a aceptar el reto, pensando en sus beneficios y minimizando sus contras. Craso error.

Ni yo soy tan buena gestionando mis emociones, ni ellas tan discretas como para silenciar sus opiniones acerca de cómo vivir mi vida, cómo críar a mi hijo, e incluso de cuanto debo cobrar mis trabajos artesanales.

Es fantástico cuanto me han aleccionado a la hora de lavar los platos, en sus consejos de la mejor manera de comer polenta para no quemarme la boca, en que colores son los más apropiados para tejer un granny de crochet, e incluso me dieron su valioso consejo de cuales estrategias seguir para aumentar la audiencia de mis blogs, incluso sin ellas haber visitado jamás ninguno de mis perfiles de redes sociales.

En otras palabras, en estas ¿vacaciones? me he sentido una niña de cuatro años, sin criterio,  ni juicio propio, sin voz, impedida de hacer todas las cosas que me dan paz, como cantar, escribir o tejer, a causa de la interminable retórica -duplicada- que además exige atención plena de mi parte para funcionar como es debido. 

Consejos, sugerencias, preguntas dirigidas a mí que contestaban ellas e incluso órdenes directas de que hacer en cada momento.

La verdad, cuando terminen las vacaciones, no voy a saber que hacer con mi vida sin sus invaluables consejos. Tendré que telefonear a mi suegra para preguntarle que comida debo prepararle a mi hijo, con que ropa vestirlo, y si sería apropiado enviarlo hoy al jardín, dado el pronóstico del tiempo. También sería oportuno escribir un mensajito a mi cuñada cada vez que esté cerrando la venta con un cliente, para saber cuanto cobrarle por un amigurumi.

El viaje de ida a la hermosa provincia de Córdoba, fue un calvario difícil de describir sin ponerme un poco resentida.

Fueron unas hermosas quince horas, escuchando la agradable música de fondo de los fascinantes comentarios de mi suegra acerca de la ruta, el paisaje, la gente, la familia, análisis profundos acerca del sentido de la vida, el placer de realizar viajes, lo fabulosas que serán estas vacaciones -para ella, claro está-, y las sugerencias/órdenes acerca de los alimentos que debe comer mi crío, entre otras cosas igual de fascinantes.

Como condimento extra, los llantos extremos de mi hijo expresando su disconformidad por el cinturón de seguridad que lo mantenía atado a su sillita para auto. Entre ambos, formaban el combo perfecto para enloquecer a la persona más tranquila del mundo, lo cual no es para nada mi caso.

Me refugié en el tejido, y me hacía la sorda explicando que el motor del auto me impedía escuchar con claridad.

Pese a los reiterados pedidos de mi marido hacia su madre solicitándole que guardara silencio para poder concentrarse en la ruta, sus peticiones cayeron en saco roto.

Es admirable lo que ha hablado esa mujer sin siquiera tomar agua para aclarar la garganta. Si yo tuviera su capacidad vocal podría hacer siete recitales de dos horas en un solo día y hacerme millonaria cantando mis canciones en público. Y solo bebiendo tres sorbos de mate.

Y si están pensado que me he tomado alguna libertad literaria para describir este hecho, o que de alguna manera estoy exagerando lo aquí narrado para que los lectores rían a carcajadas por mi desgracia, lamento informarles que sólo estoy describiendo fielmente lo que en verdad sucedió. Quince horas. Si señor, quince interminables y fatídicas horas.

Pero esto fue sólo el comienzo, ya que en otro auto viajaban más miembros de la familia, entre ellos mi cuñada que ha seguido los pasos de su madre a rajatabla, haciéndole honor a su virtuosa oratoria siendo incluso más intensa que mi suegra.

Cuando llegamos a destino, como podrán imaginar, la fiesta de voces se torno aún más maravillosa.

-¡Gitanos!- dijo mi marido- parecen gitanos hablando a los gritos. Encima salen y no cierran las puertas. ¿Viven en carpa ustedes?

El despelote de gente, de voces, de pasos, el festival de ruidos... era tremendo. ¿Cómo logra un grupo tan reducido de personas replicar la Torre de Babel e incluso superarla?

Yo me preguntaba a cada segundo que estaba haciendo ahí. ¿Que estábamos haciendo ahí los tres? Mi marido es una persona muy pacífica y silenciosa. Mi hijo, en general suele ser un niño tranquilo que tiene los ataques de berrinches normales para un niño de su edad. Cuando todas sus necesidades están satisfechas, juega solo y tranquilito, ni siquiera se le percibe. En el jardín de infantes, es un niño aún más tranquilo, sociable, que baila, ríe y comparte actividades con sus compañeritos, sin darles mayores dificultades a sus maestras. Y no lo digo yo, lo decía el informe que nos enviaron los docentes en su cuadernito de comunicaciones.

¿Qué diablos estábamos haciendo a mil kilómetros de casa, lejos de la calma de nuestro hogar? ¿Sólo por admirar el paisaje de los cerros? La próxima vez googleo fotos en mi telefono en la comodidad de mi casita y admiro todos los paisajes del mundo que quiera.

Una vez instalados en la cabaña que habíamos alquilado, saqué la ruana que estaba tejiendo. Nada más hacer dos lazadas para tejer la primer vareta doble empecé a recibir una catarata de preguntas, de las cuales, más de la mitad se respondían solas, sin darme tiempo siquiera a abrir la boca para emitir sonido.

El resto de la oratoria en masa se trataba de una avalancha de opiniones y consejos acerca de la misma: ¿Qué estás tejiendo? ¿Para quién es? ¿Cuánto le vas a cobrar? No cobres tan barato, eh, que es un trabajo artesanal. Siiii, lo artesanal tiene que ser bien cobrado. Acordate que vos invertís en material, y en tiempo. ¡Ah, el tiempo que lleva eso! Pero ¿y qué es una ruana? ¿No tiene mangas? ¿Y porqué estás usando ese color tan deslucido? ¡Es muy claro!

Yo, con cara larga y los ovarios muy hinchados balbuceaba: así quiere la cliente, en ese modelo y en ese color.

¡Ahhh, bueno! Te compro el hilo y tejele una también a Martina (no había hecho ni una cadeneta y ya querían que tejiera una nueva ruana). Córdoba es La Meca de los artesanos en Argentina ¿trajiste cosas para vender? ¿Qué cosas trajiste? ¿A qué precios lo vas a vender? No vendas barato, mirá que el trabajo artesanal es laborioso y lleva tiempo... (la repetición de ideas también es una constante para combatir el silencio).

El lector se preguntará a estas alturas como no he mandado a freír espárragos a las habladoras al primer comentario absurdo que he tenido la desdicha de escuchar.

Y existe una razón. Una muy poderosa como para obligarme a sujetar mis manos en puño al costado del cuerpo, a morderme la lengua, a no proferir comentarios mordaces (los cuales se me dan muy bien, especialmente cuando estoy furiosa) y guardar un piadoso silencio frente al ultraje encubierto hacia mi persona, mis actividades y mi forma de manejarme en la vida.

Si hay algo que he aprendido, es que las personas adictas a la oratoria unipersonal, esas que apenas hacen pausas para respirar y seguir llenado el éter de palabras vacías, esas que no tienen el tacto suficiente para percibir que su monólogo no está siendo atendido, que es poco interesante para el interlocutor; esas personas que no sólo son incapaces de escuchar o aceptar opiniones que no sean las suyas propias, afirmando que el resto del mundo está equivocado, personas que no pueden comprender que vivimos en un mundo variopinto, de diferentes culturas, de diferentes opiniones, de diferentes maneras de vivir la vida y hacer las cosas, en un mundo crisol en que la diversidad no sólo es necesaria, sino que también es enriquecedora si aprendemos a apreciarla y a compartirla...

...esas personas son las más susceptibles a las  criticas y las más inseguras en su autoestima.

Si en alguna de las pausas que esas personas hacen para respirar, una toma coraje y les señala porque no atienden los asuntos de su propia vida, les marca sus propias incoherencias o les hace notar la falta de congruencia entre sus dichos y sus hechos; o simplemente de puro cansancio, se las manda al mismísimo demonio, esas personas se desmoronan completamente.

Por respeto a la edad avanzada de mi suegra, y conociendo de sobra lo propensa que es mi cuñada a la hipertensión, en un acto heroíco y de suma nobleza de mi parte, he preferido la huída antes que la afrenta, para evitar el contratiempo de tener que salir corriendo al hospital más cercano a causa de la descompensación de alguna de ellas.

Después de todo, si a alguna le da un achaque, seríamos mi marido y yo los que tendríamos que andar a las corridas, si yo osara reaccionar a mi hinchazon de ovarios y al dolor de oídos que me provocan.

Una interrelación por demás desventajosa para mí, que si guardo silencio, me sale una úlcera, y si hablo se desequilibran las dos. Y todo por fantasear con la idea de un descanso admirando el paisaje de las sierras, y disfrutando de la familia. ¡Dios mío, si seré ilusa!

En un par de días me vuelvo a casa. Me vuelvo sola en ómnibus para estar presente en el primer cumpleaños de mi sobrino más pequeño. Todos los demás miembros, incluído mi hijo, quedan vacacionando una semana más.

En un par de días recuperaré mi libertad, y mi integridad. Podré tejer todas las varetas dobles que quiera en la comodidad de mi mesa de trabajo, con mi lámpara de cien watts y no con este foquito de bar que me está dejando aún más miope de lo que soy.

Podré lavar los platos y la ropa como se me de la regalada gana y volveré a ser la dueña de mi tiempo y de la salud de mis oídos. Podré escribir salvajemente, mirar mis novelas con auriculares, sin tener que pausarlas cada medio segundo para contestar si me parece agradable el tiempo que hace; tocar la guitarra y cantar sin tener que responder que canción estoy interpretando.

No seré observada, aleccionada, criticada o sugestionada en cada movimiento que haga, ni interceptada en el pasillo de camino al baño, en mi propia habitación cuando me encuentro semidesnuda cambiándome de ropa, o cuando estoy con el picaporte de la puerta de entrada en la mano, a punto de huir de allí.

¿Vacaciones? Las sierras son indiscutiblemente hermosas. Y yo he aprendido que los niveles de estrés a los que me he visto sometida a lo largo del año no son nada en comparación con los índices que he tolerado aquí.

Creo que con esta prueba, ahora estoy lista para comerme el mundo si quisiera. Estoy segura de que aunque este comienzo de año no ha sido nada prometedor para mí, después de esta experiencia, puedo exprimir aún más mi capacidad de trabajo. He trascendido a la Pulparaña Superpoderosa.

Quizás estas líneas no han resultado lo suficientemente desopilantes, ni humorísticas como a mí me hubiese gustado, pero quienes siguen este blog, ya saben de sobra cuanto ayuda a mi temple y a  mi salud mental escribir mi sentir en este espacio.

Lo vivido en estas vacaciones no se lo deseo ni a mi peor enemigo. No soy una persona tan desalmada ni de corazón tan frío.

Detrás de todos los eventos padecidos, de los cuales he narrado solo un par, hay unas cuantas lecciones que han quedado grabadas a fuego en mi espíritu:

1- Gracias a Dios, mi pequeña familia (mi marido, mi hijo, y yo) no somos una familia normal. Tengo una familia muy especial, muy tranquila, muy pacífica. El contraste de vivencias me hizo darme cuenta de lo afortunada que soy.

2- La huida y el silencio no necesariamente son un signo de debilidad de carácter. En ocasiones son una muestra de heroicidad y fortaleza de espíritu. Comprendí que soy más fuerte de lo que creía.

3- No existe condición, por muy tentadora o atractiva que parezca, que pueda reemplazar la felicidad que me causa zambullirme en mi mundo de notas musicales, letras, hilos y agujas. Ni alegría más grande que compartir mi tiempo y mi espacio con personas afines a mi manera de ser.

4- Mi intuición es mucho mas certera de lo que pensaba. Cuando mi interior me grite ¡no! tendré que hacerle caso y decir NO. No importa lo lindas que sean las sierras, no existe  nada más importante que la paz y la tranquilidad. Mi intuición lo sabía de antemano.

¿Vacaciones? Si, las vacaciones comenzarán en un par de días cuando ponga el pie en el primer escalón del ómnibus, me despida del este paisaje maravilloso y pueda volver a tejer una vareta doble sin escuchar nada más que la sinfonía de voces de los pasajeros que hablan entre ellos, sin dirigirme la palabra a mí, sin reclamar mi saturada atención que sólo estará puesta en mi labor de seguir tejiendo sueños.



Entradas anteriores:

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viernes, 22 de diciembre de 2017

Bicha rara y mi concepto de éxito


Otra vez las tres de la madrugada. Aladín y el genio complotados una vez más, no me dejan dormir.

Voy a cambiar el nombre de este blog por el de "Diario de una Noctámbula"...

Noctámbula: dícese de aquella persona que escribe para poder ir a dormir en paz, ya que su Aladín extranjero y el genio creativo interno, rompen mucho los kinotos a las tres de la mañana, y le instan a escribir.

El genio sale por las madrugadas, cuando todo está tranquilo y en silencio, porque sabe que durante el día y con el ajetreo cotidiano, generalmente no le presto atención. Por las noches sí, me doy mi tiempo para reflexionar acerca de lo experiencias vividas durante la jornada.

Sumésmole el hecho de que temporalmente no tengo servicio de Internet, así que no me distraigo revisando notificaciones de redes sociales.

Agreguémosle también el suceso de encontrarme, junto con mi marido y mi hijo, en casa de mi suegra. Le copamos su hogar huyendo de los cuarenta y dos grados centígrados de calor que se sufre en el nuestro.

Estoy como bicho raro, en casa ajena, fuera de mis rutinas habituales, los objetos conocidos, los rituales acostumbrados.

Y de eso quiero hablar hoy. Del bicho raro que casi toda mi vida creí ser. Y de mi concepto personal de éxito.

Aparentemente son dos cuestiones que nada tienen que ver la una con la otra. Pero Aladín ya frotó la lámpara y me mostró que sí: hay relación entre estas dos ideas. Además estamos a mitad de diciembre, el mes de poner todo en la balanza, el mes de reflexión.

Como venía diciendo, casi toda mi vida me sentí una bicha rara por muchas razones: crecí en un hogar disfuncional, era zurda y mis compañeros del colegio se asombraban, se maravillaban o me rehuían.

Era la única hija mujer, y crecí entre varones. No me crió mi madre, sino mi abuela. Crecí tocando la guitarra en una época y en una ciudad donde los músicos no folkloristas no estaban del todo bien vistos. De adolescente me volví artesana y me llamaban hippie. Mis compañeras adolescentes iban al boliche/discoteca y yo me quedaba en casa leyendo libros. Comencé a fumar cigarrillos a los trece años, y la gente creía que era drogadicta.

Me vestía más bien tirando a un varoncito que a una señorita, porque mi madre, al momento de hacerse cargo de mi, no pudo o no supo enseñarme a cuidar mi aspecto ni mi femineidad. 

Mis amigas trataban de asesorarme, pero ella decía que yo no merecía que se gaste tanto dinero en mi apariencia. Generalmente la "ropa linda" que vestía, me la relagaban mis amigas o mis primas de pura lástima. 

No solía pasar mucho tiempo hasta que mi madre sin querer las arruinaba en los lavados, despintándolas, tiñéndolas de otro color, o malogrando el género al dejarlas en remojo más de la cuenta.

Quizás, y viéndolo en retrospectiva, yo no era tan bicho raro. Pero las cosas en casa hacían que yo tuviera muchísimas dificultades a la hora de relacionarme con mis pares. Nunca terminaba de encajar.

Con tan baja autoestima y confianza en mi misma, aunque el espíritu emprendedor, y el hervidero de ideas en mi cabeza me acompañaron desde siempre, no llegué más del colegio secundario, dos carreras universitarias inconclusas, y trabajos temporales con una paga muy por debajo de las responsabilidades que asumía.

Hasta mis treinta viví con esa sensación de "No pertenezco aquí", "¿Qué se supone que debo hacer?", "Mi vida no tiene sentido", "No encajo en ningún lado", "¿Cuál es mi lugar en el mundo?"

No sé exactamente como llegué a hacerme las preguntas correctas para luego poder definir mi propio concepto de éxito. Fue un summun de varios factores: los libros que leí, la gente nueva que conocí, los errores que cometí, las experiencias que por nada del mundo quería volver a repetir.

Tampoco sé como logré asumir mi verdadera naturaleza: soy una artista. Soy sensible a la belleza que habita en todas las cosas. Puedo encontrarla allí donde mire. Puedo disfrutarla. Puedo amarla. Pero por sobretodo, soy perfectamente capaz de replicarla y compartirla.

Eso es ser artista para mi: poseer la suficiente sensibilidad cómo para encontrar lo bello en cada cosa y en cada circunstancia, aún cuando esto no sea especialmente evidente: en una melodía, en una sonrisa espontánea, en la mecanicidad de las labores manuales, en una ilustración cualquiera, en una fotografía, en un buen guión, en una película, en las palabras sublimes de cualquier un autor.

Sensibilidad hacia la belleza de una brisa fresca, de un instante... de este preciso momento en que soy capaz de mostrar mi propia vulnerabilidad por escrito para que quienquiera que esté leyendo esto, la disfrute también.

Una artista que no se expresa, es como una semilla que cae en el desierto. No puede crecer. Yo era una bicha rara porque mi entorno era un desierto que no me permitía sugir como tal. Yo, como una semilla, sentía y sabía que allí jamás iba a germinar.

Deduje que el éxito se trataba de encontrar el ambiente y las condiciones adecuadas para expresar mi sensibilidad hacia la belleza. Ni siquiera necesitaba reconocimienro externo. Sólo encontrar mi tierra feŕtil y nada más. Sólo expresarme y basta.

Así nació este blog, de mi necesidad interior de expresarme. Que mis escritos hayan sido leídos por cincuenta y dos mil personas es un regalo. Pero no fue el fin que perseguí. Si lo hubiese sido, habria truncado desde el inicio, mi libre expresión.

Gracias a Dios, el cielo, los ángeles que me acompañan y al Universo, encontré mi lugar, veo claro mi camino y ya hace tres años vivo sin sentirme un bicho raro. Creo que estoy en el sendero correcto porque me siento libre de expresarme, y ese es el éxito que siempre soñé alcanzar. 

¿Y que tenían que ver dos ideas tan diferentes como "bicho raro" y "éxito"? Justamente lo que ya dije: me siento exitosa al poder expresar lo que mi sensibilidad capta del entorno, y eso me da un sentido de pertenencia que jamás había experimentado en mi vida.

Conseguí terminar de comprender esto cuando le regalé a mi papá los Beatles y el Submarino Amarillo amigurumi, que le había prometido hace un año atrás.

Más que un regalo para él, creo que lo fue para mí: saboreé con deleite ese momento en que él tomó los amigurumis en sus manos, sonrió, y se le iluminó la mirada. Los ojos bien abiertos, repletos de asombro... como los ojos de un niño. 

Mi papá se volvió niño por un momento y yo pensé en cuán fácil es hacer felices a los demás: sólo debemos a ayudarlos a evocar su niñez, remontarlos a aquel estado de inocencia en donde se es feliz porque sí. Y nada mejor que un amigurumi para lograrlo.

Pero papá dijo algo más. Dijo algo que parecía ser la última pieza del rompecabezas que me ayudaba a terminar de comprender cual era la diferencia entre ser una bicha rara y no serlo.

-Esto que hacés es un verdadero arte.

¿Tejer? Pensé. No. Tejer en sí mismo es más bien una labor, una actividad que con práctica, con tesón y con paciencia, cualquiera que se lo proponga puede lograr.

El dijo arte. La forma en que lo expresó me dio la pauta de que mi arte consiste en la peculiar manera que poseo de transmitir a los demás mi sensibilidad hacia la belleza; en mi habilidad de plasmarlo, de mostrarlo. 

Me sentí plena al comprender esto. Me sentí normal y no un bicho raro. Sentí que estoy triunfando en mi propia vida al desenvolverme como una artista.  Entendí que no cualquiera consigue con facilidad que un adulto evoque su infancia y que sus ojos brillen de asombro y maravilla como los de un niño. Eso sí que es un arte.

Puedo morirme tranquila. Alcancé lo que alguna vez definí que era el éxito para mí. Lo conseguí a través de los muñequitos que con tanto amor nacen de mis manos, en mi afán de expresar mi indefensión hacia la belleza que habita en todas las cosas.




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viernes, 1 de diciembre de 2017

Diciembre, todo a la balanza

Son las 2:45 de la madrugada. El mundo duerme. Bueno no. El mundo no. El Hemisferio Sur duerme. Bueno, no tampoco. Sudamérica duerme. ¿Tendrá sueño Sudamérica? No creo.

En Colombia, algún alma imsomne andará dando vueltas en la cama, procurando poder dormir finalmente.

Mejor lo simplifico. En mi ciudad todos duermen. Se oyen los grillos. Hay una luciérnaga dando vueltas por mi terraza, titilando en la oscuridad de manera intermitente como un foquito de luz a punto de quemarse.

A mi genio creativo le gusta salir de su lámpara por la madrugada, cuando el todo el mundo (bueno, ya expliqué que el mundo entero no, pero se entiende) duerme.

El día que encuentre a mi Aladín interno le voy a regañar fuertemente por andar frotando lámparas y pidiendo deseos a altas horas de la noche.

Debe ser de otro país. Aladín digo. De otra forma no me explico que tenga los horarios tan cambiados, y ordene salir al genio cuando yo quiero dormir; que mañaba (bueno, hoy) tengo que levantarme a las siete de la mañana.

Mi genio creativo de cuerpo de humo ya está aquí, mirándome de frente, me implora que escriba estas líneas.

 -Escribí, escribí...- me dice.

-Quiero dormir, quiero dormir- le contesto.

El genio no es extranjero como Aladín, estoy segura de que sí que es argentino, porque me contesta:

 -¿Y a mí qué me importa? Ya salí de esa lamparita de morondanga, ahora haceme el favor... escribí.

- ¡Ah! ¡Pero que viveza la tuya! ¿Acaso sos vos quien se tiene que despertar a las siete de la mañana?

-No, no. Pero ¿Cómo se te ocurre que escriba yo? Estoy hecho de humo ¡Jelouuuuu! ¿me ves?

-Ok. Hablemos entonces. ¿Acerca de qué querés que escriba?

-Hablemos de diciembre.

-¿Diciembre?

-Si, diciembre... Papá Noel, comilonas de fin de años, arbolitos, ya sabés... lo de siempre. Paz y amor. Lucecitas en las casas. Compras desenfrenadas, duendes yankees, fiestas de fin de año, sidra y pan dulce. Eso, diciembre. Medias en la chimenea.

-Disculpame, pedazo de genio...- para mis adentros, pienso que este genio es un pelmazo- ...pero diciembre es mucho más que eso. Además, en el hemisferio sur las fiestas de fin de año son: calor, transpiración, ropa pegada al cuerpo, cuarenta grados centígrados en plena noche.

"Y no usamos chimeneas. ¡Tampoco medias! Imaginate, un poco más y queremos andar desnudos ¡qué vamos a usar medias! ¿Estás loco?

Diciembre es mucho más que la ensalada de frutas después del asado de Navidad. Diciembre es un mes de balance, de reflexión, de evaluación."

-Si el mes de las evaluaciones cuando no aprobás la materia del colegio. No, no. No me estás entendiendo... diciembre: fiesta, joda, chupi, y helado de postre si así te gusta más señora con calor del hemisferio Sur.

-Escuchame un cachito, genio...encima que me venís a las tres de las mañaba a romperme los kinotos, me salís con cualquier gansada. Diciembre es el mes en que se renuevan las energías planetarias, es un mes de cerrar un capítulo y prepararse para escribir uno nuevo. Es el anticipo del año que se avecina... es...

-¡Pufffff! Mirale vos a doña artesana con calor del hemisferio Sur, hablando de energías planetarias. ¿No te basta enredar los hilos y destejer muñecos? ¿Energías planetarias? ¡Fuaaaa!

-Disculpame querido, doña artesana lee ¿sabés? Lee, curiosea, investiga. Además las culturas antiguas ya lo sabían...

-¿Sabían de joda y chupi? ¡Claro que sí! ¡Esos sí que sabían divertirse! Ahí le tenés al señor cuernitos, dios del vino ¿Cómo se llamaba ese con las patas de carnero?

-¡Noooo! Me refiero a que sabían lo de las energías planetarias.

-Bueno, dale. Ponele. Hablemos de diciembre de una vez, que vos con tu discurso sabiondo ya me estás dando sueño...

Diciembre para mi es un mes de introspección. Diciembre es poner once meses en la balanza y decir: "No alcanzé los objetivos que me propuse, si Dios me lo permite, y me otorga otra oportunidad, viviré el siguiente año. Esta vez, me esforzaré un poco más."

O decir: "¡Lo logré! Alcanzé mis objetivos y si Dios me lo permite el año que viene iré por más."

Todo va a la balanza: alegrías, tristezas, logros, fracasos. Aventuras, rutinas. Experiencias nuevas y repetidas. Amor dado, amor recibido. Momentos compartidos, lecciones aprendidas. Todo.

Si, también cantidad de muñecos tejidos y pedidos terminados. También eso. ¿A cuántos niños hice sonreír este año, aparte de mi hijo cuando le hago cosquillas o caras de payaso? ¿Cuánta felicidad construí a mi alrededor haciendo lo que amo?

Diciembre. Todo a la balanza.

¿Cuántas caras y nombres nuevos? ¿Cuántas sonrisas? ¿Cuántos reencuentros?

El genio de mal genio se durmió con mi discurso meloso. Mejor. Porque yo también tengo sueño.

Empieza diciembre y yo me arrincono en algún oscuro rincón de mi alma para tomarme el examen de fin de año.

Me tengo fe. Hice la tarea. Estudié mucho. Di lo mejor de mí. Yo creo que voy a aprobar esta vez. El 2017 es y ha sido un año luminoso y maravilloso para mí.

Comencé este Diario, que tantas satisfacciones me ha dado. Tuve la oportunidad de que miles de personas me leyeran. Y otras miles utilizaran mis tutoriales y publicaciones para resolver un problema artesanal en el blog de Aramela Artesanías. Hice felices a una decena de niños (y no tan niños) que amaron sus amigurumis. Y casi un centenar de bebés prematuros recibieron su pulpito solidario.

Conocí virtualmente a colegas de Iberoamérica y comparto sus trabajos e historias en la Fan Page de Aramela Artesanías. También conocí personalmente mujeres talentosas, con un corazón tan enorme que me siento bendecida de haber vivido experiencias hermosas junto a ellas.

Comencé a escribir mi futuro primer libro. Aprendí cosas que jamás soñé aprender. Ahora se lo que significa SEO y copywriter.

Diciembre te recibo con los brazos abiertos ahora que el genio gruñón se fue a dormir.
Te recibo con el corazón rebozante de felicidad y el alma llena de gratitud. Gratidão, como dicen mis amigas brasileñas. Sin duda, una de mis palabras preferidas en portugués; ya que nunca imaginé que este año iba a terminar entendiendo conversaciones enteras en ese idioma, o que a través del amor iba a poder comunicarme con colegas que no hablan español.

En la balanza de este año pesa más el amor que dí, aunque lo equilibra en buena parte, la cantidad enorme de amor que recibí.

2017. Un ovillador casero de hilo para no enredar la madeja y agujas de crochet para no destejer tanto. ¡Y hasta pantuflas nuevas!

Mis queridas lectoras. Las invito a aprovechar el vientito fresco de las nuevas energías planetarias para poner todo en la balanza e imaginar ese nuevo proyecto que van a empezar, llamado 2018.

Imaginen tejer la trama del año que se avecina, con dedicación y pasión. Imagínenlo y veánlo en su mente como si ya estuviese terminado. Guarden esa imagen. Saquénle una foto. Hagánle una captura de pantalla.

Hagan lo mismo que hacen antes de iniciar una nueva artesanía, un nuevo tejido: visualícenlo como si ya lo tuvieran en sus manos. No tengo que decirles que visualicen con amor, porque ningún artesano trabaja con sus manos por obligación. Ninguno. Un artesano sería incapaz de imaginar un proyecto sin entuasiasmo.

Volvamos a la imagen ¿la tienen? Grábenla a fuego. Recuérdenla.

Recuérdenla bien. Porque les prometo que va a suceder algo mágico, algo que sucede cada vez que diseñan su próximo proyecto artesanal. Al tomar su aguja, su pinza, o su herramienta de trabajo, van a empezar a dotarle de vida a esa nueva obra de arte...

¡Pero eso es sólo el principio de la magia! Al finalizar la tarea, va a suceder lo que pasa la gran mayoría de las veces que nos entregamos a nuestras manualidades con pasión: va a quedar mejor de lo que esperábamos. No como lo visualizamos. No cómo lo grabamos en la mente. Mejor.

Y ese es mi deseo para todas ustedes, mis queridas lectoras: que su flamante 2018 les quede mejor de lo que ustedes mismas imaginaron.

Que aunque es preciso que tengamos muy claro lo que queremos alcanzar, también hay que darle espacio a la Vida, tan maravillosa y milagrosa, para que nos toque con su varita mágica, haga salir al genio de su lámpara y nos brinde algo todavía mejor de lo que somos capaces de soñar.

Buenas noches.

Y a vos Aladín extranjero...¡ya te voy a encontrar!








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lunes, 6 de noviembre de 2017

Los pensamientos son cosas

Creemos que nuestros pensamientos no tienen importancia porque no los vemos, creemos que no producen consecuencias en el mundo físico porque no podemos tocarlos...

Hoy aprendí algo que sabía en teoría y que de vez en cuando tomaba conciencia e intervenía de manera voluntaria para modificarlo: tengo que poner cuidado en lo que pienso.

Por la tarde reflexionaba en lo efímera que es la vida, en que estamos aquí un instante. En que de un momento a otro y sin previo aviso se nos puede "apagar la luz"...

Unas horas después estaba en con mi familia, charlábamos en una vereda, y una moto fuera de control con dos pasajeros se estrelló a unos centímetros de nosotros.

La moto subió a la vereda donde nos encontrábamos. El motor se apagó súbitamente quedando la moto frenada justo al lado de la pierna de mi papá que sostenía en brazos a mi hermanito de dos años. A mi derecha mi madrastra, que me corrió de un empujón; a mi izquierda mi concuñada con mi sobrino de diez meses.

Mi marido y mi hijo, un minuto antes de la colisión de la motocicleta con el cordón de la vereda, habían ido a caminar hasta la esquina.

De los pasajeros de la moto, uno salió ileso, la otra chica si fue al hospital, al parecer con heridas leves.

No puedo evitar responsabilizarme por mis pensamientos. Es cierto, yo no manejaba esa motocicleta y pude haber estado en cualquier otro lugar en el preciso momento del accidente.

Pero pienso en cuanta casualidad y la relación que había entre lo que acababa de suceder y en lo que yo pensaba sólo unas horas antes.

No todos los días me despierto y me digo "hoy voy a reflexionar en la finitud de la vida" u "hoy me voy a recordar con mucha vehemencia lo corto que es nuestro tránsito por el mundo". No.

Generalmente me despierto y pienso en todas las cosas que tengo que hacer, o me fijo los logros que quiero alcanzar ese día. Mi cabeza y mi día suelen ser una larga lista con ítems para tachar.

¿Porqué me puse a pensar en eso justo hoy? No sé. Quizás porque me di cuenta que en vez de hacer anotaciones de tareas pendientes podría empezar a hacer listas con los besos y abrazos que quiero dar a mi seres queridos, o escribir como pendientes esas salidas terapeúticas con mis amigas que postergo para después por falta de tiempo.

Quizas podría usar el teléfono para algo más que editar fotos y videos de artesanías o mandar whatsapp para avisar cosas sin importancia. Podría usarlo tal vez para llamar a mis hermanos y preguntarles como están. O simplemente para decirles cuanto los amo.

Porque al final de todo ¿Qué es de verdad importante?

Si esa moto no hubiese frenado al lado de la pierna de mi papá, a estas horas es posible que él, mi hermanito, mi madrastra, mi concuñada, mi sobrino de diez meses y yo, muy probablemente estaríamos en el hospital. Fue una desgracia con suerte, por decirlo de alguna manera.

Cuando una hora después me dejaron de temblar las piernas del susto, comprendí rápidamente la conexión entre lo sucedido y lo previamente pensado: estamos aquí un suspiro de tiempo. En cualquier momento inesperado una motocicleta fuera de control puede subirse a la vereda, chocarme de frente y enviarme contra una vidriera.

¿Qué es de verdad importante para mí como para hacer que ese suspiro de vida valga la pena?

Y sobretodo... ¿Cuáles de todos los millones de pensamientos que tengo al día significan realmente algo?

Porque la vida misma acaba de mostrarme de manera práctica como lo que pensamos se refleja en la realidad. Me acaba de enseñar que los pensamientos son cosas y que el hecho de que no los veamos no quiere decir que no produzcan un efecto tangible en el mundo real.

Eso lo sabía en teoría, claro. Recién ahora lo aprendí de verdad.

A partir de este momento, me veo en la imperiosa necesidad de prestar más atención a lo que pienso, desechar los pensamientos inútiles con firmeza y conservar los importantes... para seguir pensando en ellos. Para que produzcan los resultados deseables que quiero experimentar.

Creemos que lo que pensamos no es nada, que no generan las situaciones que vivimos a diario. Los pensamiento podrán ser invisibles, pero a cada momento estan moldeando nuestra propia realidad.

Si estamos aquí un suspiro es mejor pensar en lo fabuloso que es estar vivos, y no en lo pasajero de nuestra existencia.

Moraleja: 

-Tengo que prestar más atención y pensar con conciencia.

Nota mental:

-Permanecer en la vereda no es tan seguro como yo creía.
-Que bueno es estar viva para escribir y compartir con ustedes estas líneas.
-Recordarme más a menudo: los pensamientos son cosas y moldean a cada momento la realidad que vivo. ¿Cómo quiero que sea esa realidad? ¿Aterradora o bella? 

Todos tenemos la libertad y el poder de elegir que pensamos. Libre albedrío, lo llaman.






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domingo, 1 de octubre de 2017

Libro, pañucollar, los chinos y mi gratitud infinita


Anduve medio polémica en los últimos post. Medio beligerante. Ultra reflexiva.

Después de las benditas botas a crochet nunca más recuperé la performance pero tampoco me preocupé tanto.

Creo que llegué a los niveles más altos de stress que soy capaz de soportar. Debía oprimir los frenos, para la maquinita... empezar todo otra vez.

Asi que aquí vuelvo, recién resucitada, recontra motivada, con un nuevo post para este blog que tantas satisfacciones me ha dado en el el último mes. Mensajes de lectoras y amigas arengándome, alentandome a seguir. Feedback positivo. Personas que disfrutan de mi estilo para expresarme y mi manera de escribir.

O sea...¡gente! Así como escribo y hablo aquí, así también me expreso en mi vida cotidiana. Y  los temas que toco en este blog también son los mismos con los que torturo a mi marido por las noches, y a mis amigas en las reuniones.

En fin.

La recepción que tuvo la fan page del Diario también me ha asombrado bastante, ya que comentan e interactúan más allí que aquí en el blog.

¡Y se siente tan lindo! Se siente bien que ustedes me lean, pero por sobretodo, me emociona que se reflejen y se identifiquen con mis aventuras y peripecias. Me alegra saber que no sólo a mi me pasan las cosas que me pasan. Tambien le ocurren a ustedes. Es bueno saberme acompañada por todas y cada una de las personas que están del otro lado.

Y en lo que respecta a mis aventuras, no he tenido grandes desafíos estas semanas. No más botas de crochet hasta la semana que viene en que tengo que comenzar un par nuevo para otra amiga. Esta vez simplificaré la cuestión y la tejeré sin contrafuerte, sin taco chino, y ademas ya tengo la experiencia adquirida de la primera.

Los dolores de cabeza ya los tuve todos y con bastante potencia, así que confío en que este nuevo par no traerá mayores complicaciones.

No veo la hora de terminar todos los pedidos pendientes y comenzar mis vacaciones. Me propuse tomarme todo el mes de diciembre para "descansar".

Bueno, entrecomillada la palabra porque quiero dedicarme a terminar esos muñecos que empecé hace cuatro siglos atrás y para meterme de lleno al libro.

Ahhh ¿no lo mencione antes? Empecé a escribir el libro de este Diario. En post anteriores comenté que tenía mucho deseos de escribir un libro, pero no sabía de qué. Ahora ya sé, y voy por el tercer capítulo de once.

Mis aventuras artesanales se desviaron bastante a recabar información en cómo maquetar un libro, que formato es el más recomendable (digital o impreso) a buscar editoriales, y averiguar un poco de que se trata ese mundo nuevo en el que muy pronto me estaré introduciendo.

Todas las sandeces que leen aquí, ampliadas y mejor expresadas es lo que encontrarán en ese libro. Además de un anexo donde escribiré las máximas que rigen mi oficio, las cosas que creo que de verdad son importantes y que todo artesano que se precie de tal debiera de tener o adquirir para darle un enfoque "holístico" a su trabajo.

También incluiré mi visión utópica de nuestro oficio a futuro, y un análisis exhaustivo de la realidad que vivimos hoy como artesanos, como trabajadores autónomos que queremos dar a conocer lo que somos capaces de crear con nuestras manos.

Ese libro, es mi deseo que conjugue mis vivencias, memorias y principios fundamentales para que no sólo se vean reflejados en lo que escribo o como lo escribo, sino que también les sirva para algo más que pasarse un buen rato leyendo. Que las ideas que contiene les resulten de utilidad a la hora de desempañarse en su oficio.

Ojala, Dios lo permita y lo consiga.

En fin.

pañucollar o pañuelo collarTambién he terminado unos cuantos muñecos,   y me embarqué en un producto nuevo: el pañucollar, o pañuelo collar, o pañuelo con dije. Como se llame. Es la misma cosa.

Este nuevo producto fue sugerencia de mi amiga Laura, porque por esta zona ahora están haciendo furor y se pusieron de moda.


Aunque no tenía muchas ganas de meterme en un nuevo lío me fui a gastar la mitad de mis ahorros en insumos para fabricarlos. Tampoco soy muy amante de fabricar lo que está de moda pero cuando me quise percatar de lo que estaba haciendo, ya me vi con una bolsita llena de accesorios y chucherías que dentro contenía la mitad de mi fortuna.

Lo he dicho en un grupo de bijouterie en el que posteé fotos de los pañucollares y a mis clientas, que estos no tenían casi nada de artesanal, salvo el hecho de que yo los armaba.

Aún así tuvieron buena recepción y ya los vendí todos. Pero me quedó clavada esa espina de que no era un producto artesanal en el verdadero sentido de la palabra, ya que los accesorios de metal que lleva son comprados (y muy probablemente fabricados en China) y el pañuelo en sí es una tira de tela de modal o de lycra de verano que tiene la característica de poseer una buena caída y no deshilacharse.

Si no fuera una dinosauria creyente de que un verdadero artesano debe fabricar todas o al menos varias de las piezas que contiene un artículo, no tendría ninguna espina y a estas horas estaría celebrando el éxito en las ventas.

En fin.

Retomando el tema de los chinos, he visto un video donde explicaban porque son tan buenos empresarios, y un poco disminuyó mi habitual aversión hacia ellos. Nosotros los occidentales tenemos mucho que aprender de estos amarillitos bajitos y simpáticos. No por nada son la fábrica del mundo.

No es que los odie ni nada. Pero creo que todos los artesanos en menor o mayor medida sentimos hacia ellos un antagonismo natural, especialmente cuando los clientes comparan el precio de un muñeco de peluche fabricado en China y que se adquiere en el polirubro del barrio, con el precio del amigurumi que tejo y me insume cuatro días de confección.

En esos casos me suelo convertir de pronto en una perra rottweiler y me entran ganas de masticar un chino y gruñir a un cliente.

Pero bueno. El cliente no sabe y los chinos no tienen la culpa. Tienen una visión diferente de cómo hacer negocios y por eso les va tan bien. Eso sí, de artesanal lo único que tienen son sus dragones de papel de Año Nuevo, y pare de contar, señora.

Y bueno.

No tengo mucho más de relevancia que comentar. Muchas de las cosas que se me van ocurriendo las he ido posteando en tiempo real en la fan page, que posee la gran ventaja de ahorrarme muchísimo tiempo en la búsqueda de imágenes y la edición del post.

Es decir, ahora tengo un medio más rápido y efectivo para escribir mis locuras casi al mismo tiempo en que sobrevienen a mi cabeza. Asi que ¡sálvese quien pueda! Que tengo no sólo soga para rato, sino libro en camino y ¡ademas estoy ultra motivada!

Quiero expresar una vez más mi infinita gratitud hacia todos y cada uno de ustedes, por estar ahí del otro lado, por compartir sus historias de vida conmigo, por los elogios, por decirme que por medio de mis palabras ayudo a muchas compañeras artesanas, por alentarme a seguir y por el tremendo honor que me hacen cada vez que disfrutan de la lectura de mis textos. Y si sonrién, o ríen a carcajadas ¡es todavía mejor!

Gracias de verdad, la ultramotivación se la debo a ustedes.

¡Gratitud infinita!








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