domingo, 1 de octubre de 2017

Libro, pañucollar, los chinos y mi gratitud infinita


Anduve medio polémica en los últimos post. Medio beligerante. Ultra reflexiva.

Después de las benditas botas a crochet nunca más recuperé la performance pero tampoco me preocupé tanto.

Creo que llegué a los niveles más altos de stress que soy capaz de soportar. Debía oprimir los frenos, para la maquinita... empezar todo otra vez.

Asi que aquí vuelvo, recién resucitada, recontra motivada, con un nuevo post para este blog que tantas satisfacciones me ha dado en el el último mes. Mensajes de lectoras y amigas arengándome, alentandome a seguir. Feedback positivo. Personas que disfrutan de mi estilo para expresarme y mi manera de escribir.

O sea...¡gente! Así como escribo y hablo aquí, así también me expreso en mi vida cotidiana. Y  los temas que toco en este blog también son los mismos con los que torturo a mi marido por las noches, y a mis amigas en las reuniones.

En fin.

La recepción que tuvo la fan page del Diario también me ha asombrado bastante, ya que comentan e interactúan más allí que aquí en el blog.

¡Y se siente tan lindo! Se siente bien que ustedes me lean, pero por sobretodo, me emociona que se reflejen y se identifiquen con mis aventuras y peripecias. Me alegra saber que no sólo a mi me pasan las cosas que me pasan. Tambien le ocurren a ustedes. Es bueno saberme acompañada por todas y cada una de las personas que están del otro lado.

Y en lo que respecta a mis aventuras, no he tenido grandes desafíos estas semanas. No más botas de crochet hasta la semana que viene en que tengo que comenzar un par nuevo para otra amiga. Esta vez simplificaré la cuestión y la tejeré sin contrafuerte, sin taco chino, y ademas ya tengo la experiencia adquirida de la primera.

Los dolores de cabeza ya los tuve todos y con bastante potencia, así que confío en que este nuevo par no traerá mayores complicaciones.

No veo la hora de terminar todos los pedidos pendientes y comenzar mis vacaciones. Me propuse tomarme todo el mes de diciembre para "descansar".

Bueno, entrecomillada la palabra porque quiero dedicarme a terminar esos muñecos que empecé hace cuatro siglos atrás y para meterme de lleno al libro.

Ahhh ¿no lo mencione antes? Empecé a escribir el libro de este Diario. En post anteriores comenté que tenía mucho deseos de escribir un libro, pero no sabía de qué. Ahora ya sé, y voy por el tercer capítulo de once.

Mis aventuras artesanales se desviaron bastante a recabar información en cómo maquetar un libro, que formato es el más recomendable (digital o impreso) a buscar editoriales, y averiguar un poco de que se trata ese mundo nuevo en el que muy pronto me estaré introduciendo.

Todas las sandeces que leen aquí, ampliadas y mejor expresadas es lo que encontrarán en ese libro. Además de un anexo donde escribiré las máximas que rigen mi oficio, las cosas que creo que de verdad son importantes y que todo artesano que se precie de tal debiera de tener o adquirir para darle un enfoque "holístico" a su trabajo.

También incluiré mi visión utópica de nuestro oficio a futuro, y un análisis exhaustivo de la realidad que vivimos hoy como artesanos, como trabajadores autónomos que queremos dar a conocer lo que somos capaces de crear con nuestras manos.

Ese libro, es mi deseo que conjugue mis vivencias, memorias y principios fundamentales para que no sólo se vean reflejados en lo que escribo o como lo escribo, sino que también les sirva para algo más que pasarse un buen rato leyendo. Que las ideas que contiene les resulten de utilidad a la hora de desempañarse en su oficio.

Ojala, Dios lo permita y lo consiga.

En fin.

pañucollar o pañuelo collarTambién he terminado unos cuantos muñecos,   y me embarqué en un producto nuevo: el pañucollar, o pañuelo collar, o pañuelo con dije. Como se llame. Es la misma cosa.

Este nuevo producto fue sugerencia de mi amiga Laura, porque por esta zona ahora están haciendo furor y se pusieron de moda.


Aunque no tenía muchas ganas de meterme en un nuevo lío me fui a gastar la mitad de mis ahorros en insumos para fabricarlos. Tampoco soy muy amante de fabricar lo que está de moda pero cuando me quise percatar de lo que estaba haciendo, ya me vi con una bolsita llena de accesorios y chucherías que dentro contenía la mitad de mi fortuna.

Lo he dicho en un grupo de bijouterie en el que posteé fotos de los pañucollares y a mis clientas, que estos no tenían casi nada de artesanal, salvo el hecho de que yo los armaba.

Aún así tuvieron buena recepción y ya los vendí todos. Pero me quedó clavada esa espina de que no era un producto artesanal en el verdadero sentido de la palabra, ya que los accesorios de metal que lleva son comprados (y muy probablemente fabricados en China) y el pañuelo en sí es una tira de tela de modal o de lycra de verano que tiene la característica de poseer una buena caída y no deshilacharse.

Si no fuera una dinosauria creyente de que un verdadero artesano debe fabricar todas o al menos varias de las piezas que contiene un artículo, no tendría ninguna espina y a estas horas estaría celebrando el éxito en las ventas.

En fin.

Retomando el tema de los chinos, he visto un video donde explicaban porque son tan buenos empresarios, y un poco disminuyó mi habitual aversión hacia ellos. Nosotros los occidentales tenemos mucho que aprender de estos amarillitos bajitos y simpáticos. No por nada son la fábrica del mundo.

No es que los odie ni nada. Pero creo que todos los artesanos en menor o mayor medida sentimos hacia ellos un antagonismo natural, especialmente cuando los clientes comparan el precio de un muñeco de peluche fabricado en China y que se adquiere en el polirubro del barrio, con el precio del amigurumi que tejo y me insume cuatro días de confección.

En esos casos me suelo convertir de pronto en una perra rottweiler y me entran ganas de masticar un chino y gruñir a un cliente.

Pero bueno. El cliente no sabe y los chinos no tienen la culpa. Tienen una visión diferente de cómo hacer negocios y por eso les va tan bien. Eso sí, de artesanal lo único que tienen son sus dragones de papel de Año Nuevo, y pare de contar, señora.

Y bueno.

No tengo mucho más de relevancia que comentar. Muchas de las cosas que se me van ocurriendo las he ido posteando en tiempo real en la fan page, que posee la gran ventaja de ahorrarme muchísimo tiempo en la búsqueda de imágenes y la edición del post.

Es decir, ahora tengo un medio más rápido y efectivo para escribir mis locuras casi al mismo tiempo en que sobrevienen a mi cabeza. Asi que ¡sálvese quien pueda! Que tengo no sólo soga para rato, sino libro en camino y ¡ademas estoy ultra motivada!

Quiero expresar una vez más mi infinita gratitud hacia todos y cada uno de ustedes, por estar ahí del otro lado, por compartir sus historias de vida conmigo, por los elogios, por decirme que por medio de mis palabras ayudo a muchas compañeras artesanas, por alentarme a seguir y por el tremendo honor que me hacen cada vez que disfrutan de la lectura de mis textos. Y si sonrién, o ríen a carcajadas ¡es todavía mejor!

Gracias de verdad, la ultramotivación se la debo a ustedes.

¡Gratitud infinita!








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Las artesanías no pagan las facturas 

 





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domingo, 24 de septiembre de 2017

Las artesanías no pagan las facturas

Di vueltas como una calesita durante varias semanas hasta decidirme a escribir este post. Y varias semanas más hasta dignarme a publicarlo.

Di vueltas porque por un lado siento que lo que yo viví puede servir de experiencia para alguien más, sin embargo recordar determinados episodios pasados y desagradables no es algo sobre lo que me emocione escribir.

Todos estos sentimientos turbulentos y encontrados que he vivido las últimas semanas detonaron con los comentarios que mi tocaya neuquina Ceci G. hizo en uno de los posts anteriores.

Ser artesano/a ¿un oficio o un pasatiempo? En su caso, y como ella lo describió muy bien, su arte no paga las facturas ni le da de comer.

Ajustense los cinturones porque hoy me voy a poner cruda, cruda -créanme crudísima- y voy a tratar de desmenuzar esta cuestión de la manera más objetiva posible.

Pero vamos por partes, dijo Jack "El Destripador", porque empecé por la mitad de la reflexión y a esta altura ni yo entiendo lo que intento decir.

Ser artesano, como afirmé en posts anteriores es un oficio digno como cualquier otro. Ahora bien, social y culturalmente, arraigadísima en nuestra psique colectiva está la idea de que no, señor, es un hobby, bonito, divertido, hermoso... más no se puede vivir de ello.

Los hechos parecen afirmar que se trata de un pasatiempo. Ceci hace unos trabajos de ensueño en patchwork, pero sus potenciales clientes compran toallas en el hipermercado más cercano a su domicilio.

Tengo amigas tejedoras, modistas, las que  moldean en porcelana fría, que hacen macramé, vitrofusión o scrapbooking pero todas ellas son profesionales en otras áreas, o tienen un empleo fijo que costea sus gastos.

O bien, son amas de casa como yo, que poseen la dicha y la suerte de tener un marido trabajador que lleva el pan a la mesa cada día.

Con esto que digo no les estoy alentando a que salgan corriendo a buscarse un marido que les mantenga así pueden renunciar a ese maldito empleo que aborrecen, y poder entonces zambullirse alegremente en sus hilos, lanas, telas, arcillas y demás.

De hecho, si lo hacen se van a encontrar en la curiosa situación de que trabajan a tiempo completo los siete dias de la semana, los trecientos sesenta y cinco días del año, como me ocurre a mí.

Mientras sus maridos proveedores estiran las patas arriba del sofa y miran la televisión al término de su jornada laboral, ustedes están con el teléfono en la mano cerrando una venta con un nuevo cliente, o metidas en sus ordenadores programando las publicaciones en la fan page de su mini Pymes, o terminando las borlas de ese mandala a crochet que les encargaron para ayer.

Porque para dedicarse por cuenta propia a lo que a una le apasiona hay que trabajar infinitamente más que yendo a alquilar su tiempo a cambio de un salario.

No hay horario de entrada o salida del trabajo. No hay distinción entre el día y la noche. De hecho, cualquier hora es buena para ponerse manos a la obra porque siempre hay una cantidad enorme de trabajo por hacer.

Y si además de artesanas también son madres, generalmente las noches son sus mejores aliadas para crear, mientras que el resto de los mortales simplemente, duerme.

Eso sí. No hay que entusiasmarse demasiado con la creatividad porque al día siguiente los chillidos de los niños pidiendo el desayuno no perdona nuestro desvelo.

En otras palabras y pese a lo desalentador del panorama que describo, tengo tres razones por las cuales sigo siendo una artesana emprendedora disfrazada de ama de casa:

1) Amo demasiado esto que hago. Una puede renunciar a un empleo que no le gusta y buscarse otro. Pero ¿cómo se renuncia a lo que en verdad se ama? Es imposible.
2) Cultivé la suficiente confianza en mi misma y en mi creatividad como para sentirme capaz de idear nuevas maneras de generar los ingresos que paguen el estilo de vida que quiero vivir.
3) Me haría carmelita descalza o vendería mi alma al diablo si fuera necesario antes que volver a alquilar mi tiempo a cambio de un salario.

Aunque mis ingresos como mucho llegan a cubrir unos pocos gastos domésticos, tengo un marido que se encarga de la subsistencia familiar, y yo trabajo mucho más que él -entiéndase por trabajar atender mi hijo, llevar las tareas de la casa e intentar hacer crecer mi emprendimiento-, mis tres razones son lo suficientemente poderosas para mantenerme en este camino.

Especialmente porque no me veo como carmelita descalza rezando en un frío  claustro en pleno invierno.

Cabe aclarar que no fui ama de casa toda mi vida. Diez años preciosos de mi existencia, los años dorados de mi juventud se fueron atendiendo teléfonos, mandando directrices, direcciones y tarifas por radio base. Fui radioperadora en remisses y telefonista en agencias de motomandado.

No puedo decir que esos diez años trabajando para poder vivir fueron malos. Pero tampoco fueron buenos.

Tuve que renuciar a dos carreras universitarias, porque si sólo estudiaba, me moría de hambre. Tenía que trabajar si o sí para poder comer. Y aunque intenté hacer ambas cosas al mismo tiempo, casi fallezco en el intento. Ah, por cierto no mencioné que a los dieciocho años me fui de casa.

Sumésmole a lo anterior que yo no poseía ni una pizca de autoestima ni confianza en mi misma, por ende, la gente de mi entorno tampoco creía en mi. Nadie allá afuera puede darnos lo que nosotros mismos no tenemos adentro.

Para ser la artesana que hoy soy, no sólo tuve que perfeccionar las técnicas de confección de piezas y aprender a tejer amigurumis.

La mayor obra artesanal de mi vida fue reinventarme a mí misma, moldear nuevas creencias, tejer nuevos sueños, trabajar primero en mi y en quién creía que era, para algún día convertirme en la obra de arte que quería ser.

Y aún continúo trabajando en esa obra en la que quiero convertirme. El día que me toque cerrar los ojos definitivamente a este mundo quiero poder decirme: ¡Que buen, pero que buen trabajo hice!

Ahora bien, como venía diciendo, trabajo tres veces más que mi marido y a cualquier hora del día o de la noche. ¿Porqué trabajo tanto? ¿Porqué el aire es gratis? ¿Porqué soy una adicta a mantener mi tiempo ocupado?

No, señor. Trabajo mucho porque para poder "vivir de mi arte", o mejor dicho, lograr el objetivo de el tiempo que le dedico a tejer no sea tiempo en que pierdo dinero, tengo que crear fuentes de ingresos que no requieran de mi presencia y mi atención constante para generar activos.

En otras palabras y parafraseando a Robert Kiyosaki en "Padre Rico, Padre Pobre" trabajo mucho ahora para que en un futuro no muy lejano mi dinero trabaje para mí y no al revés.

¿O acaso pensaron que alucino hacerme millonaria sólo vendiendo muñequitos de crochet?

Yo sé que exigiéndome al máximo en tejer veinte muñecos al mes,-exigiéndome y no haciendo ninguna otra cosa que no sea tejer- en vez de los ocho que tomo mensualmente y aunque decidiera doblar o triplicar el valor en que actualmente los vendo... ni aún así podría generar la suficiente cantidad de dinero para costear mi vida y la de mi familia.

Los artesanos aunque nos reunamos y formemos un sindicato (de hecho, no seria mala idea tener un marco legal para desarrollar nuestra actividad), aunque salgamos con ollas y pancartas a manifestarnos por las calles reclamando que nos paguen un precio justo por nuestros artículos, no lograremos jamás costear nuestros gastos totales de vivienda, ropa y comida con los productos realizados con nuestras manos.

¿Porqué no? Y esto ya lo dije en el post anterior: porque no tenemos mecanizados nuestros procesos creativos, por ende no podemos fabricar artículos en serie de manera masiva.

Y si mecanizaramos nuestros procesos dejaría de ser artesanal, se convertiría en industrial, y eso sí que ni chiste tiene.

Así que la buena noticia de este post que comenzó tan desalentador empieza a mostrar una luz al final del túnel.

Lo artesanal siempre va a ser artesanal y es bueno que así sea, porque a diferencia de lo industrial, posee un alma, nuestra energía y todo nuestro amor. Fabricar artesanía nos hace bien al espíritu y alegra a sus destinatarios. Amén de que en el futuro cuando todo termine de digitalizarse, y las máquinas reemplacen todos los trabajos mecánicos, tendré la certeza de que ningun robot podrá doblar alambre como yo lo hago, ni tejer muñecos de la misma forma que yo.

No vamos a burlar al sistema capitalista haciendo artesanías. Lo digo porque durante los diez años en que vendí mi tiempo a cambio de un sueldo, fantaseé con la idea de que podía inventar la manera de levantarle el dedo medio al sistema si me mantenía afuera de sus normas.

Es decir, no sólo produciendo artesanía que de por sí es una forma muy diplomática de decirle al sistema que no nos agrada, si no también si evitaba el consumo desmedido de bienes y servicios, reciclaba cartón para fabricarme enseres para la casa, elegía a pequeños productores para comprarles en vez de a las grandes empresas, o jamás meterme en créditos.Y cosas así.

No. No lograremos burlar al sistema aunque paguemos anuncios en Facebook para promocionar nuestras fan page de artesanías, tomemos pedidos hasta el 2058, subamos nuestros precios hasta el infinito, o formemos un sindicato.

De hecho, cuanto mejor nos vaya con las ventas, más manos vamos a necesitar para producir, y puede ocurrir o que baje la calidad de nuestros trabajos, que nos volvamos locos de tanto estrés, que no tengamos tiempo para atender otras cosas importantes o bien que nos veamos obligados a rechazar encargos. Todo lo cual, he notado que ya me viene sucediendo, especialmente lo del stress y lo de tener que rechazar encargos .

Si el pequeño emprendimiento empieza a crecer, una debe ir previendo la situación de pagar por ayuda extra. Sin embargo, eso no soluciona lo del tiempo de producción, que sigue siendo finito y limitado.

Las palabras mágicas que aprendí estos últimos años, y que si las hubiera sabido en mi juventud sin duda las habría usado son (en el ámbito de nuestras finanzas artesanales): ahorro e inversión; (y en el ámbito de nuestra persona): crecimiento personal, autoeducación, y reinvención constante de uno mismo.

Si me gastara todo lo que gano vendiendo muñequitos sin reservar un porcentaje para la compra de insumos y otro porcentaje para el ahorro, mi emprendimiento no tendría gracia.

Borrarme la raya del trasero de tanto estar sentada tejiendo, escribiendo o publicando en redes sociales y blogs durante interminables horas para gastarme todo lo que gano así sin más, sería una locura, que además me mantendría siempre en mismo lugar, dando vueltas como un hámster en su rueda y sin posibilidad de crecer.

Y aquí es donde entra a jugar la autodisciplina que una forma creciendo, autoeducándose y reinventándose: ahorrar  requiere un esfuerzo extra de nuestra parte para no tentarnos de gastar el dinero en nimiedades.

Y para aprender que cosas son innecesarias en nuestra vida y cuáles importantes una tiene que hacer otro esfuerzo más: tomar coraje, mirar para adentro y hacerse preguntas difíciles. Muchas de las cuales luego exigen que cambiemos nuestras creencias acerca del mundo de manera radical.

Así que recapitulando, volviendo al principio de la reflexión y con la manifiesta intención de mostrarle a Ceci G. que sí existe luz al final del túnel...

La dicotomía entre trabajar fuera de casa para pagar las facturas y que eso no nos deje tiempo para trabajar en nuestro arte es una situación absolutamente desesperanzadora y asfixiante.

Lo viví, lo sentí, y es horrible.

¿Cómo salí yo de esa situación? Podria decir que fue un golpe de suerte encontrar a mi Rafa, que no solo cree en mis talentos, me apoya, me alienta a seguir, me da espacio para crecer en mi arte, y trabaja todos los días para mantener a nuestra familia.

Pero no fue suerte y eso lo sé con certeza.

Trabajé en cada detalle de mi formación personal, analicé cada creencia descartando las que ya no servían, remplazándolas por otras nuevas, escribí montones de cuadernos diseñando como quería que fuera mi vida en todos los ámbitos, me leí cientos de libros, tutoriales, artículos desde autoayuda hasta marketing digital, me hice preguntas horrorosamente díficiles, cambié hábitos, me miré adentro para descubrir mis propias miserias, perdoné a mis maestros de vida por enseñarme lecciones de manera desagradable, me hice reiki, practiqué yoga, observé el mundo a mi alrededor tratando de no juzgarlo, desarrolle mi propio sentido común, aprendí a quererme, a confiar en mis talentos, en Dios y en la Vida...

Hice todo esto y muchas otras cosas más.

Tanto trabajé en mi que un día llegaron los resultados. Asi que suerte no fue.

Cuando empecé a quererme y a ayudarme a mí misma, aparecieron las personas dispuestas a ayudarme. Lo que tenemos adentro, siempre se refleja afuera de nosotros.

Y tanto texto escrito hasta aquí sólo para dejar este simple mensaje y la pregunta dificil para Ceci G. y para todos aquellos que se hayan sentido identificados con la problemática que describí:

El afuera refleja lo que tenemos dentro.
¿Estás dispuesta a reinventarte a vos misma para que el afuera cambie?

Ojalá y mi experiencia vivída y narrada aquí sirva de testimonio de que sí, es posible.

Y que no sólo se trata de defender mi oficio como tal, (aunque jamás pagará mis facturas si mi meta solo fuera tejer muñequitos) como lo hice hace dos post, o explicar el origen del valor de mi trabajo en ¿Te parece caro mi trabajo? sino que también se comprenda que detrás del oficio existe muchísimo más que la habilidad y la destreza para crear piezas artesanales.

Ser artesano y desempeñarse como tal en la vida cotidiana implica primero que nada adquirir la habilidad y destreza de convertirse en artesano de uno mismo.







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Botas de crochet: sufrimiento 100% ¡Garantizado! 

 

¡Tengo soga para rato! 



El día que terminé a Henry

 

Mi cliente ideal es daltónico 

 

Dos descubrimientos y una recomendación 






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viernes, 8 de septiembre de 2017

Botas de crochet: sufrimiento 100% ¡Garantizado!

Todos en algún momento nos encontramos con algún desafío, un reto inesperado. El problema no son los retos en sí mismos, sino las condiciones o el contexto en los que aparecen.

Algunas condiciones son más propicias que otras, y auguran un resultado feliz, o lo que es lo mismo: reto superado y además en poco tiempo.

Otros contextos dificultan las cosas o bloquean el camino. Aseguran la no concreción de ese desafío. O simplemente tornan el camino más tortuoso, y más largo para llegar al resultado esperado.

El caso que les voy a contar hoy es de un desafío que me tocó afrontar estas últimas semanas: hacer unas benditas botas a crochet.

El contexto en el que se desarrolló lo que a simple vista no debería significar más que un pedido entre otros, no era precisamente de los más propicios.

Y lo que ocurre es que la gente que le quiere a una, sobreestima sus capacidades. Mis amigas ven mis publicaciones y alucinan que soy capaz de tejer un avión amigurumi en tamaño real con un pedazo de hilo.

Y no. Una tiene limitaciones. Una puede ser muy hábil tejiendo muñequitos, u otras cosas en crochet, pero no tooooodo le va a salir siempre bien. No funciona así. ¡Perdooooón! Pero no nací tejiendo.

Las cosas que una nunca hizo llevan su tiempo de experimentación, su proceso de ensayo-error/desperdiciar material a lo loco/maldecir mucho... rezar mucho, pensar mucho, exprimirse el cerebro mucho. Todo, mucho. Hasta que en algún momento se logra. Y sale. Y queda lindo, sí también.

Pero la gente que le quiere a una, sobreestima sus habilidades. Por aprecio, por cariño. ¿Por exceso de confianza, tal vez?

Por eso hay que tener mucho cuidado cuando son nuestras amigas las que nos hacen un encargo. Hay que ser cautelosa porque la vara es muy alta a causa de esa sobreestima y confianza que ellas nos tienen.

Eso fue lo que pasó con mi amiga Laura y el encargo de sus botas a crochet.

Laura es una mujer multifascética. Es tan o más artesana que yo. Sabe coser, enseña bordado hindú y mexicano. También sabe tejer. Incluso conoce las técnicas de fabricacion de calzado entre las muchas otras cosas que hace, como scrapbooking o el filigranado de papel. Casi olvido mencionar que encima de todo lo ya enumerado, es asesora de imagen.

Yo todavía me pregunto que planeta se alineó o conspiró en su mente contra mí el día que me encargó aquellas dichosas botas. Porque si algo tengo claro es que ella era perfectamente capaz de hacerse sus propias botas a crochet artesanales con el cúmulo de conocimientos que posee y su vasta experiencia en el mundo manualista y de la confección de objetos y prendas únicos.

Sin embargo, como buena artesana, Laura también consume artesanía. No se si sólo me ocurre a mi -o a todos les pasará- que cuando compro un objeto único proveniente de otro artesano siento que pago monedas a cambio de un lingote de oro. A mi me ha pasado todas las veces.

En mi mesa de trabajo tengo una bandeja preciosísima en mosaiquismo donde pongo las piezas que voy tejiendo, una caja de un carpintero artesano con detalles pintados a mano donde guardo cosas chiquitas como los ojos de seguridad de los muñecos, y un cofrecito con arabescos en masilla y piedras donde guardo mi bijou. Esos objetos son muy importantes para mi porque fueron confeccionados a mano.

Y creo adivinar que a Laura le ocurre algo parecido a lo que yo siento: le gusta adquirir objetos hechos a mano. Las susodichas botas no son el primer encargo que me hace.

Sin embargo aunque puede y sabe como hacerlas, decidió confiar la confección del calzado "con el que voy a marcar tendencia" -esas fueron sus palabras-, a mí.

A mí, justo a mí... la Doctora Juguetes, que estudió calzado artesanal sí, pero abandonó a la mitad del curso por embarazo.

Ya en aquellas época de estudiante de zapatería me la pasaba lanzando improperios y maldiciendo lo terrible, dificultoso y complejo de la confección de calzados.

Es que ¡vamos! Los pies de la gente son un misterio más inexplicable que el Triángulo de las Bermudas.

Nadie calza el mismo talle. Algunos tienen los pies planos. Otros el empeine alto. Existen pies del mismo talle, más finos, más gruesos, más flacos, con juanetes, con el segundo dedo más largo que el dedo gordo, hay pies fríos, calientes... ¡ufff!

Pedir el talle y el color de hilo para hacer unas botas son datos por demas insuficientes a la hora de confeccionar un zapato, especialmente uno tejido. Se empieza por ahi, pero es solo el comienzo.

Cuando Laura, el día que los planetas se alinearon e influenciaron su mente para que me hiciera el pedido, suspiré, anote el encargo, me dije: "después veo cómo las hago", cerré el cuaderno y olvidé el asunto.

Después de todo le había dado demora de un mes, y tenía otros pedidos anteriores esperando a que los terminara. Cuando llegara el momento me ocuparía de ello.

Ese momento llegó, claro, al mes siguiente. Y el contexto era más o menos este: yo venía de tres largas semanas creando el patrón de un conejo Disney, el cual me agotó mentalmente. Básicamente tomé mis neuronas y las exprimí como si fueran naranjas.

Había tejido y destejido la primer muestra. Y luego comencé el segundo muñeco -propiamente el del encargo- con hilo 100% acrílico, ya que no había conseguido hilo de algodón del color apropiado.

Odio tejer en acrílico. Me fastidia sobremanera. No es un material que me haga sentir cómoda trabajarlo.  Esos días de pleno invierno, acá en el Litoral argentino hacía treinta grados de calor.

La combinación sudor en las manos/hilo acrílico/aguja de crochet de aluminio, me hacia rechinar los dientes y me provocaba escalofríos con cada puntada que daba. ¡Uy! ¡De sólo recordarlo me vuelve a dar chucho! ¡Agggggg!

Y por último había decidido bordar los ojos del muñeco por separado. Bordar ojos era algo nuevo para mí, aunque conozco las técnicas básicas nunca había bordado con ese fin.

Por esos días en que tenía que empezar las botas de Laura ya venia de enfrentar un reto artesanal que me había agotado y estresado un poco por el tiempo invertido. En el mismo lapso de tres semanas en el que termino tres muñecos, sólo había tejido uno.

Ya estaba atrasada y había perdido la performance.

También se sumaron nuevos pedidos y la lista fue alargando el tiempo de espera que doy a mis clientes: de un mes a dos meses para empezar a trabajar en sus encargos.

¡Estaba histérica! ¿Hacer esperar dos meses a mis clientes? Eso sin contar los nuevos pedidos con fecha límite que tuve que rechazar por no llegar con el tiempo que me pedían. Me empecé a preguntar en que me momento se suponia que iba a vivir un poco mi vida.

Había decidido pasar de largo las publicaciones de blogs y redes sociales, dejar en pausa la escritura del libro, amontonar los platos en la mesada y llenar los canastos de ropa sucia hasta que explotaran y dedicarme exclusivamente a tejer.

Y arranqué las botas antes de ir a comprar el hilo, haciendo innumerables agujeritos en una suela de taco chino que me había quedado de mi época de estudiante del taller de calzado.

Hacer agujeritos me llevó dos tardes. Una tercer tarde la utilicé en la compra de hilo. Y una cuarta, para tejer las primeras dos hileras del zapato. En otras dos tardes saqué medidas y recorté contrafuerte, que es un tela dura que se usa para reforzar puntera y talón para que el calzado conserve la forma.

Desde ahí tuve que suspender unos días la confección de las botas porque el niño de los pantalones divertidos levantó fiebre consecuencia de una gripe. Mi marido y yo nos concentramos únicamente en atender de él.

Retomé las botas un domingo. Rafa se llevó al pequeño niño que creíamos ya recuperado a visitar a la abuela y yo me quedé toda esa tarde tejiendo.

Tejí, destejí. Tejí, destejí. No le encontraba la vuelta. No conseguía la forma pese a que estaba usando una horma de madera de molde. Seguí en mi faena el lunes. Tejí, destejí. Y terminé la primera mitad.

Martes al mediodiá publiqué orgullosa mis avances en Instagram. Por la tarde volví a mirarlas mejor y no me terminaba de gustar el resultado. Desaté todito, dejando sólo las primeras dos hileras de la base.

Seguí martes por la tarde, y miércoles. Ya empezaba yo a levantar temperatura por la frustración de tejer y destejer, multiplicado por dos, ya que cada hilera que tejía en un lado de la bota, repetía en la segunda para que fueran iguales. Cuando desataba tres hileras de un lado, también debía destejer en el otro.

Quien terminó haciendo eco de mi sentir fue mi hijo, que esa noche levantó treinta y nueve grados de fiebre, porque resultó ser que no se había curado del todo de la gripe. Y así estuvo durante cuatro días: fiebre, fiebre, fiebre. Un horror.

La doctora dijo: "Son anginas, este estado dura cinco días". Genial. Lo último que me faltaba.

Así y todo y me las amañé para seguir tejiendo de a ratos. Llegó viernes y le dije a Laura: "Fijate si te gustan así, porque si hay que hacer alguna modificación, el momento es ahora. Una vez que cosa el contrafuerte ya no voy a poder desatar".

-Cecy...- me dijo. -Yo quería con la suela plana, no con taco chino.

¡¿QUE?!

Releí nuestras conversaciones. Fui a la parte donde yo le decía: "Lau tengo acá un taco chino ¿Querés que las haga con ese?"

Y ella me respondía: "Mejor con la otra".

Esa frase "Mejor con la otra" mi cerebro no la había registrado en absoluto. Si ella me decía "hacela con suela plana" o "no quiero taco chino" quizás este cuento habría sido otro.

Pero la bendita frase "Mejor con la otra" mi cerebro interpretó: "Mejor con ese", es decir con el taco chino.

Ya venía notando en mí que el stress, el atraso con mis pedidos, la fiebre de mi hijo y el desorden de mi casa me tenían tan trastornada que olvidaba cosas, lo cual es muy raro en mi, porque poseo una memoria de elefante.

Cuando Laura me dijo que la base de las botas era plana y no con taco simplemente colapsé. Era demasiado. Mi hijo enfermo, mi casa un tiradero. Una larga lista, no sólo de encargos, sino de tareas que venía pateando para después por falta de tiempo.

Mi mesa de trabajo está al lado de la ventana que da a la calle. Sólo tenía que estirar el brazo, abrir la ventana y arrojar las benditas botas por el balcón. Y olvidar para siempre mi pretensión de confeccionar calzado artesanal. 

En ese momento me dije a mi misma que eso no era lo mío, me sentí incapaz, frustrada por no terminar un pedido. Impotente, enojada, furiosa.

Me había costado tanto llegar hasta ahí que no tenía ni tiempo ni energías para empezar una nueva bota con las suelas planas. De hecho, me juré no volver a intentar hacer calzado nunca jamás de los jamases.

-Lau, no quiero hacer unas nuevas botas. No quiero volver a hacer esto nunca más en mi vida. Simplemente no quiero.

-Dejalas así te las compro igual- me respondió

-No, querida, no te voy a cobrar por un trabajo mal hecho.

-¿Sabes qué, Cecy? Respirá hondo y después hablamos. Dejá las botas, atendé tu hijo y listo.

-Tenés razón, mejor me voy a mirar la tele, que dicho sea de paso, hace meses no la miro.

Agarré mi teléfono y me descargué el Candy Crush, el Diamond no se qué, el Pet Rescue Saga, y el Bubble Witch o algo así. Y me los jugué todos. Me puse a lavar la ropa, a limpiar mi casa, y a mirar la tele. Bueno, no precisamente mirar la tele. Senté en mi regazo a mi convaleciente hijo, lo abracé fuerte y él miró La Casa de Mickey Mouse.

Recién el lunes retomé las botas y seguí guerreando dos días más, en los cuales estuve a punto de lanzarlas efectivamente por el balcón al comprobar que colocarle una hebilla de cierre no era lo más apropiado.

Mi marido, al verme resoplando como toro enfurecido, me tomó por las astas, agarró las botas, las miró, las volteó, las volvió a mirar.

-¿Porqué decís que están horribles? ¡Están buenas!

Yo le lancé un largo discurso explicándole porque eso estaba mal, y aquello otro también. Y eso, y eso, y eso. Todo estaba mal. Reconozco que a veces soy un poco dramática y fatalista. Bueno, está bien; si soy dramática y fatalista. Ok, ok, soy muuuuy dramática y fatalista ¿y qué?

Rafa me dijo: "Sacale esa hebilla, colocale un  botón aca y otro acá y listo".

Y así lo hice.

Cuando até el ultimo nudo y corté el último hilo sentí como desaparecía de mis hombros y espaldas una mochila de cien kilos que había cargado durante varias semanas.

Suspiré hondo y hasta me atreví a sonreír. Lo había logrado. Muy a duras penas, con todas las circunstancias en contra, pero lo había conseguido.

Hoy por la tarde fui a entregarle sus nuevas botas "para marcar tendencia" a mi amiga Laura.

Fue como si de repente ella se hubiese convertido en una suerte de Cenicienta moderna. Nada más calzárselas, esas botas que habían garantizado mi sufrimiento durante varias semanas, a las que yo veía horribles y mal hechas -que hasta me sacaron callos en los dedos por primera vez en veinte años de tejer crochet- en sus pies mágicamente cobraron vida. ¡Le quedaban perfectas!

¡Ni que las hubiese tejido especialmente para ella!







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sábado, 5 de agosto de 2017

Artesano/a ¿Un oficio o un pasatiempo?

¿Que realmente significa ser artesano/a?

Según la etimología latina de la palabra una artesano es un "artista con las manos".

No a la manera de un pintor, o un músico, que hace arte, digamos, más abstracto. Un artesano, más bien, requiere contar con cierta destreza o habilidad con las manos para realizar "actividades mecánicas".

Ah sí, ¡Claro que me puse a investigar acerca del significado coloquial de artesano! También he hurgado un poco en la web tratando de averiguar que más o menos es lo que la sociedad en general piensa o cree que significa serlo.

Ahora bien. Existe una especie de tácito mandato cultural que parece afirmar que el trabajo de un artesano es un hobby, un pasatiempo. Algo que hacemos cuando estamos de balde. Cuando tenemos un tiempito libre.

Mi opinión acerca de este mandato cultural -no expresado abiertamente- es que la gran mayoría de las personas no considera que tallar en madera, doblar alambre, tejer, o hacer cuadros con filigranas de papel sea un oficio.

Nadie parece considerarlo ya que desde la cosmovisión occidental y capitalista en las que todos estamos imbuidos, los productos artesanales nos son "rentables".

Eso es absolutamente cierto. Los productos nacidos de las manos habilidosas y el corazón apasionado, desde el punto de vista capitalista, no sirven para hacer con ellos un negocio millonario porque insume muchísimo tiempo confeccionarlos.

No cuentan con la mecanización industrial que automatiza los procesos que permiten fabricar artículos en serie.

Los artesanos -ya sea por tradición o por pasión- hacemos UN producto a la vez. (Bueno, yo suelo empezar tres cosas en el mismo día pero esa ya es mi maña personal, que no viene al caso ahora).

La cuestión aquí es que en cada uno de los productos que realizamos, los artesanos ponemos toda nuestras destrezas, nuestra atención, energía y a veces hasta el alma.

Bien ¿que ocurre con esto de la no capitalización de los artículos que hacemos? 

Los productos artesanales no son rentables, no los podemos fabricar en serie, resulta casi imposible venderlos masivamente. Si hago un ramo de flores de goma eva o foami no podría competir jamás con las flores de plástico "Made in China" que venden en el polirubro de mi barrio.

Habría una enorme diferencia en el costo de ambos artículos. Mi precio, en comparación a las flores chinas, sería elevadísimo.

En el costo final, -el que yo estaría pidiendo por mis flores de goma eva- no sólo estaría incluído el valor del material utilizado, sino también mi tiempo. O un valor aproximado -y anárquico- de él. 

Está de más decir que mientras del otro lado del mundo un operario de la fábrica de flores de plástico obtiene en cinco minutos las suficientes para llenar un estadio de futból, yo apenas estoy empezando a cortar un pétalo.

Es por eso que la gran mayoría de las personas que poseen o desarrollan la capacidad de fabricar cosas con las manos valiéndose de herramientas no mecanizadas, prefieren aliviar la tensión y el stress del cotidiano vivir haciendo una que otra artesanía que luego regalan, o venden a un precio irrisorio, lo que igualmente equivaldría a un regalo.

Nadie en su sano juicio viviría de la artesanía. A lo sumo la relegarían al segundísimo plano de ingresos extras. Un vueltito, digamos.

Este hecho también provoca que el tiempo que un artesano dedica a producir sea el de sus ratos de ocio, y no su actividad laboral principal.

Y tooooodooo lo antes expuesto genera que el público se confunda y  tienda a desarrollar las tres creencias fundamentales que desvirtúan aún más nuestro oficio:

1) Si está hecho a mano lo puede hacer cualquiera.
2) Si está hecho a mano es más barato porque no tiene una marca (llámese empresa o corporación multinacional) que respalde el producto.
3) Si hacés productos a mano sos hippie. (Seguro exponés tus trabajos en ferias o en la calle tirado en el piso, fumando marihuana y sin bañarte una semana).

¿A qué no es así?

El oficio de artesano en cualquiera de sus ramas está culturalmente ligado a la idea del hobby o pasatiempo de los ratos libres. Los que además también somos músicos, así como los incomprendidos pintores y artistas plásticos tampoco nos salvamos de estas etiquetas culturales. El músico suele ser vago, amante del vino y la fiesta; y el artesano, el hippie itinerante.

Aunque a mi no me gusta el vino, prefiero la cerveza, ya se pueden dar una idea del estigma con el que he vivido mis años de adoloscente y joven adulta. Mi ciudad natal, Corrientes, aunque tiene atractivos turíscos fascinantes, su cultura es cerrada y tradicionalista. Jamás terminé de encajar en la sociedad en la que me crié. Muchas personas me fueron retirando hasta el saludo al verme vendiendo aritos y pulseras en la Peatonal Junín, con mi guitarra colgada a la espalda.

Sin embargo esta idea cultural de que un artesano trabaja por que no tiene nada más importante que hacer, no sólo es propia de mi ciudad natal. Está tan arraigada en el inconciente colectivo que ningún niño o niña del planeta sueña con ser artesano cuando sea grande. Dicen: "Voy a ser astronauta (o bombero, o policía, o doctor, o Presidente de la República)".

Hasta a mí me cuesta horrores imaginar que mi hijo pudiera decirme: "Mamá, cuando sea grande quiero doblar alambre como vos y fabricar collares, pulseras y anillos." De sólo pensarlo se me estruja el corazón. ¡Mi'jo te vas a morir de hambre doblando alambre!

Jamás en mi tierna infancia se cruzó por mi voladora e imaginativa cabeza la idea de ganarme la vida tejiendo muñequitos.

Si soñaba con ser doctora veterinaria.

Lo irónico es que me convertí en la Doctora Juguetes. Pero bueno...

A lo que quiero llegar con todo esto y lo que quiero conseguir es desmitificar la idea de que las artesanías son sólo un pasatiempo y que lo puede hacer cualquiera.

No. No lo puede hacer cualquiera. La destreza y la habilidad de conseguir un producto artesanal requiere primero que nada, conocimiento, y segundo miles y miles de horas de práctica.

Y no. No es un pasatiempo. Es un oficio. Una persona se prepara con el conocimiento específico y las miles de horas de práctica ya mencionadas para conseguir un producto artesanal bien logrado. Que además cuenta con el plus de ser único. Un mismo artesano no consigue un producto igual a otro aunque siga idénticos pasos e instrucciones.

Es un producto único justamente porque está hecho a mano. Y en ese yeite handmade, en esa línea delgada de "actividad mecánica" y pasión por lo que se está creando...ahi mismito está el arte. Ahí radica la belleza de un artículo artesanal que consigue exaltar los sentidos de quien lo mira.

Y su alma.

El alma es otro de los atributos que poseen las artesanías. Cada nueva creación que sale de nuestras manos es casi como parir un hijo. Son hijas nuestras, nacieron de nuestras manos. Al sentir pasión por crear le insuflamos vida y le dotamos de alma.

Con todo lo que he dicho hasta aquí, tambíen siguiendo el hilo de ¿Te parece caro mi trabajo? y respondiendo la pregunta: Ser artesano ¿es un oficio o un pasatiempo? puedo afirmar sin temor a equivocarme que los que fabricamos productos con nuestras manos, estamos ejerciendo un oficio, digno además, por ende merecemos y debemos exigir una retribución por cada artículo que ofrecemos. -Salvo, claro está, que el fin sea hacer un regalo-.

La verdad es que esa retribución jamás va a ser justa ni acorde al tiempo invertido en instruirnos con el conocimiento específico empleado para hacer artesanías, ni pagará las horas de confección de las mismas. Siempre existirá el chino con los precios más baratos y que además contará con el supermercado para vender productos industriales similares.

Seré pesimista en esta reflexión ulterior pero nosotros los artesanos no podemos competir en el mercado industrial capitalista ni jamás nos haremos millonarios vendiendo flores de goma eva.

No por ese hecho tenemos que caer en la tentación de compararnos. Nuestras artesanías son objetos únicos. Son hijas nuestras. Tienen alma. Tienen vida propia.

Tienen nuestro amor.

Cuando era chica nunca soñé con ser artesana. Ni con tejer muñecos. Ni con hacer collarcitos para evitar tener que salir a comprar regalos para el cumpleaños de alguna amiga.

Nunca dije: "Cuando sea grande voy a ser a la Doctora Juguetes". Ni por lejos.

Y aunque no pueda darme el lujo de vivir exclusivamente de mis artesanías, y aunque hace rato dejó de ser un mero hobby o pasatiempo, ya que le dedico la mitad de mi día a tareas relacionadas con mi oficio, me siento orgullosa de ser artesana.

Me siento tan orgullosa que me pregunto porque en mi voladora e imaginativa cabeza de niña nunca cruzó la idea de convertirme en quien soy ahora: una alquimista de sueños.

Una alquimista que, de un pedazo de alambre, de un ovillo de hilo y un manojo de mostacillas transmuta los sueños ajenos y propios en disfrute y felicidad.

Disfrute y felicidad es lo que sienten las personas que acceden a los artículos creados por mis manos.

Disfrute y felicidad es lo que siento yo cuando tejo, coso y doblo alambre.

Disfrute y felicidad contenidas en todas mis hijas dotadas de vida propia: mis artesanías.

Es tanto el disfrute y la felicidad en la creación, proceso y recepción de cada una de mis hijas que me pregunto como no fui capaz de soñar de niña esto que soy ahora: una orgullosa artesana.





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jueves, 13 de julio de 2017

¡Tengo soga para rato!

tengo soga para rato¡Hola! Soy la artesana detrás del Diario. Me llamo Cecilia Gauna. Soy la loca que escribe aquí.

Hoy adelanto el post de los domingos, porque como ya he dicho en otras oportunidades, escribiendo hago catarsis de todo. Creánme, de todo lo que me pasa.

Esto lo tengo que escribir, para estar en paz y poder dormir esta noche. Para poder levantarme mañana y seguir tejiendo. Para seguir trabajando en todo lo que con mucho esfuerzo y dedicación vengo haciendo.

No tengo muy claro como me siento en este momento. Y como escribir siempre me puso todos los patitos en fila, -literalmente me salvó la vida en más de una oportunidad- sé que escribiendo voy a entender y definir como me siento y especialmente qué siento.

Estaba yo muy tranquila, haciendo una pausa en mis actividades, perdiendo el tiempo navegando en Facebook.

Y no sé porque -¿porqué se te ocurrió eso, Cecilia? ¿Porqué?- tuve curiosidad de saber el destino del post antepasado ingresando su título en el buscador de Facebook.

Las veintinueve mil visitas no podían haber sido mágicas, ni aparecer así de repente, o provenir de las quince veces en que se compartió el post desde la fan page de Aramela Artesanías.

Y no, por supuesto que no eran mágicas. El post fue recompartido mil setecientas setenta y un veces.

Y quien sabe cuántas veces copiado y pegado en docenas o veintenas de muros.

Copiado y pegado.

Hicieron click con el botón derecho del mouse, seleccionaron el texto, omitieron las imágenes y lo pegaron en sus muros.

Yo pregunto: si tantas ganas tenían de despuntar el vicio copiando y pegando ¿no era más fácil seleccionar el link del post que tiene veinte caracteres en vez de acalambrarse la mano copiando un texto de mil doscientas palabras?

¡Por favor! Si el post está ahí en Internet, gratis, disponible para que lo lean, relean, disfruten, lo compartan y recompartan tantas veces como se les venga en gana.

Hasta yo que soy miope vi los botoncitos de las redes sociales acá abajito del blog donde cualquiera y todos lo que quieran pueden compartir si gustan.

Lo más triste de todo es que algunos ni siquiera se tomaron la molestia de editar lo que copiaron eliminando al menos el texto alternativo de las imágenes.

Lo cual se lee mas o menos así:

[...] Bien. Ya llevamos en promedio una semana y tres horas y ni empecé a tejer. 

dinosaurio_amigurumi.jpg

Ahora bien, el patrón del muñeco [...]

Tristísimo. Muevo la cabeza de un lado a otro con incredulidad y congoja. ¿Podrían al menos tomarse la molestia de copiar, digamos, bien?

Y acá es cuando tengo ganas de decir un chistecito verde en criollo. Creo que la ocasión lo merece, además me descontractura: ¿porqué no vienen a copiar y pegar ÉSTA?

Sin embargo, aunque quedé aturdida con el descubrimiento, y unos minutos después me encendí en llamas, algo adentro mío me susurró: "¡Alto! ¡Quieta ahí!"

Respiré hondo, me serené. Le escribí a algunas de las chicas que habían copiado y pegado que por favor incluyeran el link del post original en su publicación.

Ahí pronto supe que más de una de ellas sólo había recompartido lo que alguna otra copió y pegó.

 Me serené todavía más. Además todas me contestaron de muy buen grado y accedieron a mi pedido.

En más de una publicación figuraba: "Fuente: Diario de una Artesana"

Otras tenían el hashtag: #diariodeunaartesana.

Bien.

Pero hubo una, una, una... que no mencionaba fuente, ni hashtag, ni como decimos en guaraní a lo correntino: ni mbaé bé. No mencionaba ni miércoles.

Con esa no me pude contener. No le escribí por privado, le escribí abajo de los comentarios donde le felicitaban por "sus bellas y acertadas palabras".

"Hola! Soy la Artesana detras del Diario, la autora de éstas líneas... aquí les dejo el enlace al post original:

(Link del post)

Agradezco muchísimo que hayas compartido mi escrito, eso quiere decir que mis palabras te gustaron y llegaron. Significa mucho para mí, de verdad. Sólo me gustaría hacerte la petición de que incluyas en enlace al post original en esta publicación. Pronto escribiré sobre el tiempo y el trabajo que invierto escribiendo y editando para el blog del Diario de una Artesana, y eso lo hago de manera gratuita. Te voy agradecer mucho si lo incluís."

¿O qué? ¿Acaso creían que me gano la vida con los tres dólares que me paga Google Adsence por permitirme colocar anuncios en este blog? Tres dólares en seis meses.

Imaginénse.. ¡puf! Millonaria me puedo volver con seis dolares al año.

¡Claro que escribo y publico gratis! Lo de por amor al arte es una frase operativa en mi vida.

¿Qué cuántas horas me lleva hacer este post?

Digamos que ahora estoy emocionada y hace ya una hora que estoy aquí dale que te dale tipeando el texto en el bloc de notas de mi teléfono.

A veces puedo tardar cuatro o cinco días en términar de escribir, entre atención al niño de los pantalones divertidos, quehaceres del hogar, tejido de pedidos y demás tareas.

Ahora bien, sacar las fotos, o encontrarlas en los bancos de imágenes con atribución Creative Common (en castellano, eso significa que tengo permiso para publicar esa imagen porque su autor lo concede), editarlas, subirlas, leer setecientas veces el texto para comprobar la ortografía y la gramática, agregarle etiquetas al post y las entradas relacionadas, añadir la caja de suscripción al pie, colocarle nombre y texto alternativo a las imágenes, editar su tamaño, justificar el texto y demás menesteres para que el post se vea decente...

...eso me toma cuatro horas...

¡Medio muñeco tejo en cuatro horas!

Por los muñecos si me pagan, claro. El Diario lo escribo gratis. ¿Y porqué lo hago? Porque la frase por amor al arte es mi realidad.

Amo esto que hago. Amo escribir. Amo generar empatía con mis lectores, traducir lo que sienten y piensan, que no es ni más ni menos que lo que yo misma siento y pienso pero compartido, extendido en un montón de mentes y miles de corazones.

Mientras me encontraba en la afanosa tarea de escribir a quienes copiaron y pegaron el post completo de ¿Te parece caro mi trabajo? en sus muros de Facebook, llegó mi marido.

Mi Rafa, mi amor, mi compañero, mi gurú. Mi amado hombre, padre de mi hermoso hijo. Mi todo.

Le conté lo que había pasado.

-¿Se viralizó tu texto? ¡Eso es muy bueno!

-Pero, amor... copiaron y pegaron ¿entendés?

-Si ¿y? No importa ¡Eso es muy bueno!

- Pero, amor...

- A la gente le gusta lo que escribís, le llega... por eso lo comparten. Copiado y pegado, da lo mismo. Sigue siendo tu texto, tiene tu estilo y tu esencia. ¿Qué más querés?

¿Qué que más quiero? Un par de pantuflas nuevas ¡por supuesto!

Así que otra vez me presento, para que copien y peguen esto en sus muros los que se atrevan -que de seguro no son mis lectores habituales-, total ya sé que no se van a tomar la molestia de editarlo:

cecilia gaunaHola, soy Cecilia Gauna, la artesana detrás de este Diario. Hace dos horas estoy como una zonza chupando frío en la terraza, escribiendo éstas líneas para definir cómo me siento ante el episodio masivo de copypaste de uno de mis post.

Y creo que me siento bien. Siempre me siento bien cuando escribo. Cuando escribo soy yo misma, al igual que cuando canto. ¿Puede alguien copiar y pegar quien soy? ¡Claro que no! Soy demasiado yo como para que les salga siquiera intentarlo.

Otra vez estoy haciendo uso de mis recursos más preciados, 1) la resiliencia, la capacidad de afrontar adversidades; 2) la gratitud, ya que este episodio me demuestra el valor de lo que hago, agradezco que haya sucedido...

...y 3) el sentido del humor... copiaron y pegaron ¡me dieron soga para rato para  escribir este post!

¡Cómo me voy a reir cuando lea a tantas Cecilias Gauna escribiendo largos textos en sus muros de Facebook!







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Resiliencia




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